Ha llovido, hay barro y el exquisito aroma de la tierra mojada lo revela. Los regueros de agua por el suelo han arrastrado algunas hormigas que, perdidas, no han sabido regresar al hormiguero y vagan por la noche buscando algún refugio donde sentirse a salvo de los depredadores. Pero excepto estas escasas pobladoras de la oscuridad, el resto de las hormigas ya está descansando en su agujero para reponer las fuerzas que van a necesitar al día siguiente.

Y así, tras la tranquilidad de la noche, amanece el día soleado y las hormigas de todos los hormigueros salen a buscar comida. Algunas comienzan a explorar nuevos territorios pero ninguna las sigue. Prefieren ir a donde ya descubrieron días atrás que había comida, aun siendo conocedoras que otros hormigueros también lo descubrieron y que hay que darse prisa en llevarse toda la comida posible antes de que se acabe. La competencia es feroz y la comida limitada.

Mientras tanto, las exploradoras siguen buscando nuevos sitios donde alimentarse, pero nadie las sigue. Son solitarias, raras, pero las únicas que han entendido que el resto acabará con la abundancia de comida de otros sitios y que una vez acabada ya no habrá posibilidad de mantener alimentado al resto del hormiguero.

Así, solas y sin apoyo, sin compañía, se deciden por aventurarse en extraños parajes en busca de un lugar nuevo, desconocido, que pueda proporcionar la comida necesaria para mañana. La búsqueda es complicada y llena de peligros. A veces piensan que se equivocan y que deberían estar en la fila sin fin que se ha montado desde el hormiguero hasta la comida actual, haciendo viajes de ida y vuelta durante toda la jornada para luego volver a la seguridad del hormiguero al anochecer y descansar otra vez. Piensan que su aventura las puede hacer perderse, perder el camnino, y ya nunca más ser capaces de volver.

 

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 Image courtesy of SweetCrisis / www.FreeDigitalPhotos.net

 

El resto de las hormigas, de tanto y venir por el mismo sitio, han trazado un camino despejado de hierbas. Es como una línea de confort que delimita perfectamente lo que tienen que hacer para no asumir riesgos; siguen la línea hasta la comida, cogen comida, y vuelven por la misma línea al hormiguero. Así una y otra vez sin salirse de la fila y respetando la línea trazada y el orden impuesto.

Ha llovido, y a diferencia del camino del resto de las hormigas, que está endurecido y firme de tanto pisar, las exploradoras tienen que caminar por el barro. En muchas ocasiones ese barro las obliga a parar y buscar un nuevo rumbo. A veces los charcos del suelo obligan a dar enormes rodeos para poder seguir avanzando. A veces se plantean qué están haciendo allí.

Son conscientes que en una sociedad en la cual todos han decidido seguir la línea, sólo ellas tendrán la respuesta sobre la nueva línea a seguir cuando se acabe la comida. Si tienen éxito encontrarán comida suficiente para que el resto de hormigas puedan trazar una nueva línea llenando de abundancia el hormiguero. Por el contrario, si no tienen éxito es posible que se pierdan en la búsqueda y nunca consigan regresar, nunca antes del anochecer, convirtiéndose así en víctimas fáciles de la oscuridad.

El sol ya se está poniendo y las hormigas regresan por su fila para refugiarse en el hormiguero durante la noche y tener las energías renovadas para salir mañana y seguir de nuevo la misma línea.

Pero ha llovido y quizás vuelva a llover. La lluvia arrastrará lejos la comida, la fila ya no llevará a ningún sitio y la mayoría de las hormigas no sabrán donde tienen que ir. Esperemos que las exploradoras tengan éxito y puedan encontrar un nuevo sitio al que enviar al resto para que se vuelva a hacer un camino. Un nuevo camino.

 

El hormiguero
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